Comienzo del curso en Infantil 3 años

Ya se pasó el verano y volvemos al cole de “mayores” y es que así lo vivimos los peques de 3 años.

Estamos en pleno período de adaptación, aún hay algunos lloros, algunos escapes y estamos adaptándonos a las nuevas normas y adquiriendo las rutinas (el tren para entrar y salir de clase, tomamos el desayuno, recogemos los juguetes, la comida, la siesta…). Pero ya son muchas las cosas que nos hemos atrevido a a hacer plasti, pintura de dedos, dibujos, juegos en el patio grande, con los columpios..

Este período es muy duro para todos, así que papis os pedimos muuuuuuucha paciencia y kilos y kilos de cariño en estos días, que pronto pasarán.

Aquí os dejamos unas fotitos de algunas de las cosas que hemos hecho en esta primera semana.

 

Baño de padres (y abuelos)

El pasado miércoles tuvimos la suerte de contar con algunos abuelos, mamás y papás en el baño de padres.

Fue un baño muy especial y disfrutamos todos un montón.

¡¡GRACIAS A TODOS POR VENIR!!

Flores lectoras

Hola!!!

Ya os contamos hace tiempo que empezamos la biblioteca de aula, pues ya ha llegado a su fin, y estamos leyendo el último libro, por eso según lo vamos trayendo de vuelta al cole, nos estamos llevando nuestra flor.

Éstas son una muestra de lo bonitas que nos han quedado.

 

Visita a la Biblioteca

Ayer salimos del cole para ir de visita a la Biblioteca Ángel González, allí nos explicaron el funcionamiento de la Biblioteca, cómo podíamos encontrar libros, cómo los organizaban….

Nos leyeron el cuento “El rebaño” y después con algodón y un vasito de magdalena, hemos realizado nuestra propia oveja para poder dormir con ella.

¡Lo conseguimos!

¡¡¡Hemos conseguido aprender todas las letras del abecedario!!!

El lunes el señor estudioso nos trajo la letra que faltaba, el marinero W. Y con ella hemos terminado de conocer todos los personajes del País de las letras.

Ha sido un año cargado de sorpresas, de historias nuevas que conocer, pero también de mucho trabajo,  pero lo hemos conseguido, ya somos capaces de leer y de escribir casi cualquier cosa, por eso tenemos que seguir practicando, esto no termina aquí.

¡Nuestra profe está bien orgullosa de nosotros!

Y como tenemos que seguir practicando y leyendo mucho, hemos creado nuestra propia biblioteca de aula, donde hemos traído cada uno de casa un cuento, para que cada viernes, un amiguito se lo lleve a casa y lo podamos leer.

De esta forma compartimos y cuidamos los cuentos, leemos cuentos nuevos, aprendemos nuevas aventuras y por cada cuento leído conseguimos la parte de una flor, para poderla completar y así llevárnosla a casa cuando esté terminada (ya os las enseñaremos cuando las terminemos)

Nos encanta leer! Gracias Señor Estudioso por enseñarnos tantas cosas!

San Isidro

El pasado lunes celebramos en el cole San Isidro, vinimos bien guapos de chulapos y de chulapas.

En clase bailamos el chotis y preparamos el mantel para la tarde hacer la merienda en nuestra particular pradera.

 

Aquí os dejamos las fotos!

La hermana de la S: la X

Como todos los lunes hemos recibido la visita del Señor Estudioso, y esta vez ha venido con la hermana de la S: la X, y traía con ella su xilófono.

Aquí os dejamos el cuento para que sepáis un poquito más de ella:

 

Llegamos al final de las historias del País de las Letras. Bueno, las historias no se acaban, pero los personajes sí. No os preocupéis, porque todavía nos quedan por conocer muchas otras cosas sobre ellos.

La pequeña X vivía en casa de su hermana, la señorita S.

Cuando todavía no se había marchado el circo, empezó la feria: toboganes, caballitos, autos de choque, el tren de la bruja, el laberinto, el gusano loco, animales, bicicletas y todas esas diversiones que a vosotros os gustan tanto. Además había churrerías, tómbolas, casetas de tiro, de rifas, de plantas, de pájaros, y qué sé yo cuántas cosas más.

Así que el ruido en el País de las Letras era terrible.

¿Creéis vosotros que la señorita S podía conseguir que hubiera silencio en algún momento?… ¡Qué va! Cuando callaban por un lado, empezaban los ruidos por el otro. Ella estaba cansadísima de decir: «Ssss, ssss, los reyes se van a enfadar». Pero todo seguía igual.

El rey U se hartó de tanto ruido y de escuchar todo el día los altavoces gritando: «Pasen, señores, pasen», y muy enfadado mandó llamar a la señorita S.

—¡Esto parece el país de los locos! —dijo el rey U muy enfadado—. No hay quien resista tanto alboroto. No podemos dormir ni siquiera con tapones en los oídos. Hay tanto ruido que parece que tenemos los altavoces en la habitación. Si no conseguimos silencio, mandaré marcharse a todos del país.

—Señor —dijo la S—, los niños se pondrán muy tristes si se va la feria. A ellos les encanta la música y las diversiones. Todos están felices. ¡No los echéis fuera!

—¿Qué podemos hacer?… Yo no lo resisto, ni los enfermos tampoco —dijo el rey U.

—Podrías buscarme una ayuda.

—¿Quién? —preguntó el rey U.

—Tengo una hermana pequeña que habla casi casi igual que yo. Además es muy mandona y le encantará pasarse el día en la feria exigiendo silencio.

—Dile a tu hermana que venga a verme. La señorita S fue a buscar a la pequeña X y se presentaron ante el rey.  Así habló la pequeña X cuando el rey U se lo ordenó: «Xxxx, xxxx, xxxx, xxxx».

Sonaba un poco más raro que la S: «Ssss, ssss, ssss, ssss», pero…

—Bueno, está bien. Que te ayude.

Probaron una por cada lado de la feria. ¿Creéis que consiguieron hacer callar a los alborotadores?… ¡Ni hablar!… El ruido seguía sin parar.

De nuevo las llamó el rey U porque estaban todos cansados y enfadados. No sabían qué hacer. El señor Estudioso, que estaba preparado para dibujar el cuerpo de la pequeña X, dio la solución:

—Poned unos altavoces más grandes que los de la feria, uno a cada lado, y la señorita S y la señorita X sentadas tranquilamente con un micrófono. Así las escucharán mejor y parecerá que hay muchas personas vigilando. De este modo, tendremos silencio.

Y así lo hicieron. De pronto, en medio del ruido de la feria se pudo escuchar: «Ssss, ssss, xxxx, xxxx».

Y todo se quedó en silencio. Hasta la Familia Real se asomó por la ventana para ver si la feria seguía allí. Creían que se habían quedado sordos.

La pequeña X fue la encargada de explicar que no podían hacer tanto ruido a todas horas, porque había personas que necesitaban silencio para trabajar o para descansar. Se pusieron de acuerdo y todo iba bien. La señorita X se quedaba encargada cuando su hermana tenía que hacer otras cosas, y todo el mundo obedecía igual.

Si os fijáis cómo pronunciamos las palabras, sabréis si se escriben con «s» o con «x». Se nota mejor cuando la Familia Real habla primero.

Pues tengamos mucho cuidado para pronunciarlas bien

La bibliotecaria G, sonidos Ge y Gi, Güe y Güi. 2ª parte.

 

Hola hola!!!!

Hoy hemos terminado de conocer la historia de la bibliotecaria G y lo sonidos que nos quedaban por conocer.

 

Bibliotecaria G, sonidos Ge y Gi:

 Os dije que os contaría lo que pasó un día en que el rey U se despistó. Bueno, no se despistó. Es que no se imaginaba que sus hijos fueran tan requetetraviesos.

Salieron camino de la biblioteca, igual que otros días, y él se colocó en medio, como siempre, para que se portasen bien. Aquel día no le habían llevado el periódico a casa, así que, al pasar por un quiosco, dejó a los príncipes con la señorita G.

No hizo más que desaparecer el rey U por la esquina cuando el príncipe E ya estaba subiéndose al primer árbol que encontró en su camino y, sujeto a una rama, intentaba llegar hasta un nido de pájaros, que huyeron a toda velocidad para esconderse entre las flores. El príncipe E bajó y empezó a perseguirlos. Quería un pájaro, costase lo que costase.

La bibliotecaria G se asustó desde el principio y, aunque le dolía mucho la garganta, gritó: «¡Geeee!, ¡geeee!».

Aún estaba gritando al príncipe E cuando vio a la princesa I con los pies metidos en el río y saltando como una loca. ¡Qué catarro iba a coger! Gritó de nuevo: «¡Giiii!, ¡giiii!».

Cuando los príncipes vieron que regresaba el rey U, volvieron muy formalitos como si no hubieran hecho nada de nada.

El rey U preguntó a los príncipes si habían sido buenos en su ausencia y, como siempre decían la verdad, confesaron que se habían portado mal y que la señorita G había tenido que gritar muy fuerte.

Cuando le preguntó a la señorita G si era verdad, ella ya no pudo hablar. Se le había puesto la garganta peor.

El rey U tuvo que regañar una vez más a sus hijos.

El señor Estudioso, que dibujaba el cuerpo de todas las letras y anotaba lo que hablaban, escribió: «Ge, je, gi, ji». Se dio cuenta de que, cuando la señorita G tenía que gritar al príncipe E y a la princesa I, hablaba igual que el jardinero J.

Así que dijo:

—¡Vaya lío! Unas palabras las escribiré de una forma y otras de otra.

Hasta que seáis muy mayores, siempre que tengáis que escribir palabras como gemelo, general, jefe, jinete, etc., tendréis que preguntar a vuestros profesores o a vuestros papás cómo se escriben, si con el jardinero J o con la bibliotecaria G.

Vamos a escribirlas todas y tened mucho cuidado para no equivocaros: «Ga, go, gu, gue, gui…».

«Ja, jo, ju, ge, je, gi, ji…».

¡CUIDADO! ¡MUCHO CUIDADO! ¡PREGUNTAD!

 

Bibliotecaria G, sonidos Güe y Güi.

Ya sabéis que siempre que va sola con los traviesos príncipes tiene que gritar fuerte, muy fuerte.

No creáis que los príncipes se portaban siempre bien con la señorita G. ¡Qué va! Un día le dieron un susto aún mayor que el primero.

Cuando estaban en el jardín esperando al rey U, que les iba a acompañar como siempre, el príncipe E, acompañado por la princesa I, fue a buscar al elefante. Estuvieron un rato jugando con él y no se les ocurrió otra cosa que ponerle en la trompa el erizo y la iguana. ¡Qué carrera emprendió el elefante! Y es que, aunque es muy grandote, tiene mucho miedo a los animales pequeños que se le pueden meter por la trompa.

Así que el elefante, con los príncipes, el erizo y la iguana, salió corriendo. Llegó cerca de la bibliotecaria G, que estaba de espaldas, la cogió con la trompa y la sentó junto a los dos pequeños animales. Al volverse, muerta de miedo, vio que también iban sentados el príncipe E y la princesa I. Gritó: «¡Ggggeeee, ggggiiiii! ¡Ggggiiii, ggggeeee! ¡Parad al elefante! ¡Nos vamos a matar!»

. En cuanto el elefante se agotó, se paró en seco y todos cayeron rodando uno detrás de otro: el príncipe E, la princesa I, la bibliotecaria G, la iguana y el erizo. A cada uno le salió un hermoso chichón, menos al gusano, que estaba tan tranquilo durmiendo debajo del gorro de la señorita G.

El rey U llegó justo en el momento en el que caían rodando. Se disculpó con la bibliotecaria G, cogió a los diablillos de sus hijos y les dio una buena regañina porque ya estaba cansado de tantas travesuras. ¡Si seguían así, un día les iba a pasar algo gordo!

—¡Nunca os dejaré solos con la bibliotecaria G! —dijo—. Otra vez está afónica.

Salieron todos de paseo e iban muy serios: la señorita G, el rey U, el príncipe E y la princesa I. Nadie decía nada; los mayores tenían unas caras muy serias.

Al príncipe E y a la princesa I ya se les había olvidado la travesura y no entendían el por qué de esas caras que casi daban miedo. Iban muy serios y estaban muy aburridos.

Los príncipes empezaron a coger piedrecitas del jardín y, despacito, sin que se dieran cuenta los mayores, empezaron a tirárselas el uno al otro.

Al principio eran pequeñas y lo hacían muy despacio. Las tiraban poco altas y solo caían encima de ellos. Como eran pequeñas, no les hacían ningún daño. Pero enseguida se fueron animando y se las tiraban cada vez más grandes, más deprisa y con más fuerza. Al final acabaron lanzándolas a lo alto para que cayesen a modo de lluvia.

De pronto tiraron muy alto unas piedras bastante gordas. Al hacer ruido, el rey U miró hacia arriba, a la señorita G y ambos miraron al príncipe E y a la princesa I. ¡Qué susto! Todos gritaron, incluido el rey U, que nunca hablaba cuando iba con ellos, porque veían que esas piedras iban a caerles encima: «¡Güe!, ¡güi!». Se oyó tan alto que los pájaros volaron asustados. «¡Güe!, ¡güi!», volvieron a gritar cuando cayeron otras dos piedras iguales sobre los hombros del rey U. La señorita G, afónica, solo pudo decir: «Gggg», (Sonido gutural suave.) aunque también intentó gritar.

El señor Estudioso se frotó las manos de emoción. ¡Ya tenía los sonidos que le faltaban! Ahora podía decir cigüeña, paragüitas, agüita, etc. Y así dibujó las letras que le faltaban con las piedrecitas encima del rey U.

¡Pero qué complicado lo está poniendo este señor!

—Nada complicado —dijo él—. Cuando veamos las piedrecitas encima del rey U, hablan todos. Si no hay piedras, el rey U no habla. Si no va el rey U, la señorita G grita por las travesuras del príncipe E y de la princesa I. Es fácil. Solo hace falta fijarse.

El mago Catapún, que se alegra cuando alguien se equivoca, disfruta mucho con estos personajes que hablan de varias formas, porque los niños pueden confundirse. Vosotros, que ya los conocéis, os tenéis que fijar mucho para saber cómo hablan.

«Ga, gue, gui, go, gu».

«Ja, je, ge, ji, gi, jo, ju».

«Gua, güe, güi, guo»

 

La bibliotecaria G: Ga, gue, gui, go y gu. 1ª Parte

Hoy 23 de abril, Día del libro, no hemos podido tener mejor letra que la G, la bibliotecaria del País de las letras. Además ha venido con una sorpresita, con unos bonitos marcapáginas para cada uno de nosotros.

Hoy nos ha contado la primera parte del cuento, ya que esta letra habla de tres formas diferentes, aquí tenéis el cuento de la primera:

Ya estamos terminando de conocer a todos los personajes del País de las Letras. Nos quedan muy poquitos. Hoy os presentaré a un nuevo personaje y os contaré por qué habla de varias formas y qué le hacen los traviesos príncipes.

La bibliotecaria G tiene mucho trabajo y, además, habla de tres formas distintas; pero no se debe a que sabe varios idiomas como la enfermera C. No es por eso. Es porque los diablillos I y E, con sus travesuras, le obligan a gritar aunque le duela la garganta.

La bibliotecaria G es una gran aficionada a dar largos paseos por el campo. Cuando su trabajo en la biblioteca se lo permite, sale con su educado ggggato. Un día de invierno que lucía el sol, se colocó su bufanda, se enfundó su ggggorro,  sujetó a su gato con un cordón y, con su libro debajo del brazo, salió de su casa en dirección al campo.

La señorita G paseó durante mucho rato y, finalmente, soltó al gato y se sentó en la hierba mientras leía su libro preferido. El gato empezó a jugar con todo lo que encontraba: hojas secas, palitos, caracoles…; a estos los empujaba como si fuesen pelotas. Finalmente, se puso a jugar con algo que le hacía dar vueltas y vueltas.

La señorita G se reía viéndolo, aunque no sabía qué era aquello que perseguía con tanto empeño. El sol fue escondiéndose y el gato, cansado, se sentó sin dejar de mirarse la punta de la cola. De pronto, esta se encendió como una bombilla. ¡Qué susto se dio la señorita G! ¡Creyó que se le había prendido fuego! 

El gato no se quejó, pero siguió dando vueltas y más vueltas hasta que su dueña le quitó aquello que alumbraba como una bombilla y que era nada más y nada menos que un ggggusanito de luz o luciérnaga.

El ggggusanito de luz saltó de la mano de la señorita G a la cola del gato y de allí se marchó para colocarse entre los ojos. ¡Qué risa! ¡Parecía que tenía tres ojos! Luego se puso en la boca. Era como si llevara una linterna. Así, mirando los saltos de la luciérnaga, estaban tan divertidos que la señorita G no se dio cuenta de que seguía sentada y se estaba enfriando.

Cuando llegó a casa, le dolía muchísimo la garganta y casi no podía hablar. Al día siguiente, la doctora T le dijo que se había enfriado tanto que no podría volver a gritar como antes. No le importó mucho porque había conocido a un nuevo amigo: el gusano de luz o luciérnaga. Cuando iba a una fiesta, se lo ponía en el pelo y nadie sabía qué era aquel adorno tan precioso.

Otro día, persiguiendo al gato que iba con la luciérnaga en dirección al País de los Gigantes, gritó para avisarles, con tan mala suerte que despertó al mago Catapún, que les envió su aire helado. Otra vez le dolió mucho la garganta y de nuevo la doctora le dijo que estaba muy enferma y que no debería gritar nunca o se pondría todavía peor. Al hablar decía: «Gggg, gggg, gggg, gggg». (Sonido suave, gutural.)

Cuando los reyes la contrataron para que cuidase de los príncipes y les contara hermosas historias, pensó que no tendría problemas con la A, la U y la O, pero con la E y la I no podría estar sola. Con lo traviesos que eran el príncipe E y la princesa I, seguro que la harían gritar mucho y enfermaría de nuevo.

Como el rey U era muy comprensivo, le dijo: —Irás sola cuando acompañes a la reina, a la princesa O y a mí. Pero cuando tengas que estar con el príncipe E o con la princesa I, yo iré con vosotros. Me colocaré en medio leyendo el periódico y no diré nada; si van conmigo, no se atreverán a hacer travesuras y podrás hablar sin gritar.

Vamos a probar ahora mismo. La señorita G se puso al lado de la reina A: «Ga», decían cuando hablaban. Con la princesa O: «Go»; hablaban sin problemas. Con el rey U: «Gu», decían suavemente. Todos estaban contentos. Mandaron venir al príncipe E. Se colocó la señorita G, luego el rey U, callado, con su periódico en la mano  y, por último, el príncipe E.

Como el rey no dijo nada, hablaron así: «Gue». Finalmente, llegó la princesa I e hicieron lo mismo. Primero la señorita G, luego el rey U y, la última, la I. Como el rey no dijo nada, hablaron así: «Gui». Cuando la bibliotecaria G acompaña a la Familia Real suena así: «Ga, gue, gui, go, gu». 

Todos parecían felices, pero…, ¿sabéis qué ocurrió un día?… ¡Pobre señorita G! ¿Queréis que os lo cuente?… Mañana lo haré.

El trapecista Q

Hoy ha venido una letra que le gusta mucho estar por las alturas, y que su comida favorita es el queso, es el Trapecista Q:

 

¿Recordáis el circo que estuvo mucho tiempo en el País de las Letras?… Seguro que os acordáis del payaso R y su hermano.

Pero lo que no sabéis es que en una de las funciones ocurrió un terrible accidente. Cuando el trapecista realizaba uno de los ejercicios más difíciles en lo más alto de la carpa, se mareó y cayó al suelo entre los gritos de toda la gente. La caída fue tan grave que creyeron que no se salvaría. Lo llevaron rápidamente al hospital, allí le curaron, pero se quedó cojo.

No pudo volver a trabajar en el circo, pero todos le seguían llamando el trapecista. Era una persona muy alegre, siempre cantaba y le entusiasmaba que todo el mundo estuviese contento. Cuando el circo se fue, el trapecista Q decidió quedarse en el País de las Letras, donde tan bien se habían portado con él.

El rey U le propuso quedarse a vivir en palacio y ser su secretario, porque era muy listo.

Cuando se cansaba, el trapecista se iba a la cocina a ayudar un rato. Le gustaba hacer bizcochos. ¿Que si sabía? ¡Vaya si sabía! El trapecista Q preparaba unos bizcochos tan deliciosos que hasta el panadero P le pidió que fuese su ayudante en la pastelería. Pero al trapecista Q le gustaba vivir en palacio porque podía comer todo el queso que quisiese; estaba autorizado a bajar a la despensa real y probar todos los tipos de queso que había: quesos duros, quesos blandos, quesos pequeños, quesos grandes, quesos amarillos, quesos blancos, quesitos, etcétera.

Un día preparó el bizcocho preferido de la reina y se quedó asombradísimo cuando lo devolvieron a la cocina sin que nadie lo hubiese probado.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmado.

—Todos están preocupados por un grave problema y nadie tiene apetito. Todos están tristes, nadie habla ni ríe —le dijeron.

Se asomó por detrás de las cortinas y vio a la Familia Real sentada en sus sillas, con los codos apoyados sobre la mesa. Los príncipes miraban de reojo al rey U y a la reina A, que no se daban cuenta de nada. El travieso príncipe E tiraba miguitas de pan a la princesa O y daba golpes por debajo de la mesa a la princesa I.

—¡Esto no puede ser! ¡Que alguien me cuente cuál es el problema que preocupa tanto a los reyes como para que no les apetezca mi bizcocho! —dijo el trapecista.

Cuando el trapecista Q se enteró de lo que les ocurría a los reyes, decidió ir a hablar con ellos.

—¿Qué puedo hacer para ayudaros? —preguntó.

—¿Tú?… ¿Qué vas a hacer tú? ¿Puedes acompañar a esta pareja de revoltosos y decir con ellos «ke, ki»?

—¡Claro que puedo! Esa es mi forma de hablar y no creo que me canse mucho —respondió.

—Acabarás agotado si tienes que seguir a esta pareja en sus juegos, porque son muy revoltosos y no paran ni un momento —dijo el rey U.

—¿No podríais hacer que fueran más formales cuando vinieran conmigo? —preguntó el trapecista Q.

El rey se quedó pensativo y dijo contento:

—¡Ya lo tengo! Yo os acompañaré. Me colocaré en medio e iré leyendo tranquilamente el periódico, sin decir nada. No creo que se atrevan a portarse mal.

Así lo hicieron. Se colocaron el trapecista Q, luego el rey U y, al final, unas veces el príncipe E y otras la princesa I.

El trapecista sabía contar unos cuentos fantásticos. A los príncipes les encantaba escuchar sus historias y se portaban muy bien.

¡Qué contento estaba el trapecista Q! Había ayudado al rey U y tenía unos amigos estupendos; además, todos volvían a estar contentos, a alabar su talento de narrador y a comer sus ricos bizcochos.

Esperemos que gracias al trapecista Q se acaben los problemas y que siempre sean felices. Pero me parece que todavía queda alguno más… Otro día lo sabremos.