“Tostadas quemadas”, relato ganador de la IV edición del concurso de relato breve “Beatriz Galindo”

Tostadas quemadas, de Cristóbal Justo Rustarazo.

En ese momento tenía el rostro pálido y el pelo enmarañado, acababa de salir de las sabanas perfectamente planchadas de la casa de mi abuela y me dirigí a la cocina con ansias de desayunar. Cuando llegué hice ademán de saludarla,  pero para mi sorpresa mi abuela no estaba.

Estaba extrañado. Ella acostumbraba a levantarse temprano para cocinar su maravillosa comida. Al descubrir la hora que señalaba el reloj, me acordé de que la abuela  se había ido temprano, casi de madrugada, al hospital a hacerse unas pruebas de la retina, aunque ya tendría que haber llegado a casa.

Tenía la impresión de que algo raro pasaba no sabía el qué,  pero seguro que algo raro sucedía, tras vagar unos minutos por nuestro hogar me di cuenta de que determinados objetos habían  desaparecido, no estaban ni la gran cómoda  del salón ni la silla de cuando yo era pequeño.

Estaba empezando a asustarme y mi abuela todavía no llegaba. Llegó la hora de la comida y mi abuela seguía sin aparecer. Poco más tarde me decidí a ir al hospital para comprobar si ella seguía allí, cuando salí de la casa el tiempo estaba tranquilo y soleado, pero, unos treinta segundos después el clima se puso totalmente en mi contra, empezó a diluviar como nunca había visto y a tronar como jamás había oído, era tal la tormenta que en la calle no se encontraba un alma, ni una sola presencia.

En aquel momento decidí darme la vuelta y entrar en la casa, pero para mi sorpresa el edificio entero había desaparecido No daba  crédito a lo que veía y me froté los ojos para comprobar que aquello no era una ilusión, pero no cambió nada.

Atemorizado y asustado por la situación de mi abuela salí disparado en dirección al centro sanitario. Las gotas impactaban contra mi cara y mojaban mi pelo, un tiempo después empecé a notar fatiga en las piernas y al poco rato no podía seguir corriendo, y paré un tiempo a descansar y a resguardarme de la lluvia. Cuando mis piernas habían descansado retomé la marcha, no podía esperar ni un minuto más sin saber la situación en la que se encontraba mi abuela, esa duda me desquiciaba ,pero sabía que ya estaba cerca del hospital y de la respuesta que necesitaba.

Cuando llegué a mi destino entré y pregunté por ella.

–“Perdone, ¿se encuentra Pilar González en el centro?-. Ella respondió que no, que hoy no había ingresado nadie con ese nombre. Ahora sí que estaba desquiciado, rogué a la recepcionista que volviese a comprobarlo, pero su respuesta no varió.

No sabía qué había podido pasar, mi corazón estaba acelerando sus pulsaciones, mi rabia aumentaba por momentos y encima estaba calado de agua.

Mi imaginación me llevó a la idea de que quizás estuviese en otro centro, pero pensé que era imposible, ya que ella no tenía coche y no se conocía los trayectos de los autobuses.

Llegué a la conclusión de que tenía que haberse perdido por el camino, ya que es una persona con visión limitada, y me culpé por no haberla acompañado, cada pedazo de mi autoestima había sido destruido, me sentía fatal.

Tenía que encontrarla, por eso salí a la calle y pensé donde podía estar. Y llegué a la conclusión de que sería posible que estuviese en casa de su amiga Petra, una mujer viuda como ella que siempre nos trataba muy bien y que era la única persona que mi abuela conocía desde que vino del pueblo y con la que tenía mucha confianza. Entonces cogí el teléfono y llamé a casa de aquella mujer, y ella misma me aseguró que mi abuela tampoco estaba allí.

Como no sabía  que hacer retrocedí sobre mis pasos hasta el piso desaparecido, a ver si encontraba a Pilar, pero no hubo suerte, seguía sin encontrarla. De repente giré mi cara hacia la derecha y entre la cortina de agua, divisé una zona en la que no llovía, en esa zona de unos tres metros cuadrados únicamente allí, hacía un sol abrumador, esa parcela rodeaba un banco, el banco donde se encontraba sentada  mi abuela.

Me dejé llevar por las piernas hasta el banco y descubrí que no era una alucinación, era real, ¡mi abuela les estaba echando migajas de pan a las palomas!

Me senté a su lado y me saludó sin inmutarse.

–“Hola”-. Me quedé impresionado por su rostro eufórico e inundado de alegría, ¡ella estaba sonriendo!, yo imité su gesto porque ella no sonreía desde que mi abuelo falleció, es más, Pilar llevaba sin sonreír desde que murió mi padre, aquel oscuro día en que todos cambiamos la forma de relacionarnos y que deshizo la celebración de los cumpleaños, los villancicos de la navidad y mi propia niñez. De repente ella giro la cabeza, me dio la mano y mirándome fijamente me dijo:

— Siento haberte asustado, pero necesitaba salir de mi rutina, sentir que los días estaban para vivirlos y que yo podía elegir cómo hacerlo,  no aguantaba más seguir yendo y viniendo al médico y mañana tras mañana  hacer el mismo desayuno.

Creo que entendí todo lo que me decía y mucho más. Y así nos quedamos callados acompañándonos y sintiendo la calidez del sol un buen rato.

De repente una luz abrumadora sacudió mis ojos y cuando los abrí me descubrí en mi cama tumbado y  arropado  y que  mi abuela estaba subiendo con cuidado la persiana de la habitación, como solía hacer al despertarme  para que yo pudiera comenzar el día con calma.

En aquel preciso instante, en una milésima de segundo,  me di cuenta de que todo había sido un sueño y de que nada de lo que tenía tan presente en mi cabeza aún, era verdad.

Cuando se me pasó la conmoción me dirigí a ella y poniéndole la manos en la cara, le pregunté que si esta vez prefería que yo hiciese el desayuno, ella asintió y juntos devoramos unas tostadas más bien quemadas que nos supieron a gloria.

Sin dejarla reaccionar, le propuse que  después nos fuésemos a dar un paseo y a sentarnos un rato en la laguna a echarles pan a los patos.

Ella respondió con un gesto amable y se fue a su habitación, yo no sabía muy bien si lo que le decía le estaba gustando o no, no acababa de entender si la estaba animando o poniéndola en un aprieto, pero justo cuando empezaba a desanimarme y a pensar que todo esto no tenía sentido y que tal vez las personas mayores necesitaban sus rutinas para vivir, ella se presentó en la cocina con un ligero vestido de colores. Tantos y tantos meses rodeada de gris que de repente vi en ella a una mujer casi desconocida, que me sonreía con los labios pintados de rosa y que desprendía ternura y cariño.

–¡Vamos! Me  encantaría ir a la charca de los patos, pero  primero tengo que hacer unos cuantos recados y después pasarme por la peluquería.

Yo le respondí que la acompañaba y ella volvió a sonreír. Hechas las aclaraciones nos pusimos manos a la obra y en la puerta nos reímos sin motivo, tanto que casi acabamos llorando, entonces ella me miró muy fijamente, casi sentía que su mirada entraba dentro de mi cabeza y descubría mis miedos más profundos, y yo no podía evitarlo, no quería que viera la ansiedad que me producía pensar en el futuro cuando ella ya nos estuviera….

Casi me pongo a gritar, pero entonces ella apretó mi mano, volvió a sonreírme y dijo “tranquilo, todo saldrá bien” y…la creí, supe que así iba a ser y que a partir de ese día cada mañana sería lo que quisiéramos que fuera, y la de hoy queríamos que fuese alegre, como no sucedía desde hacía mucho, mucho tiempo.

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