Volver la vista atrás, de Elisa Trampal, relato ganador de la tercera edición del Certamen de relato corto Beatriz Galindo.

Ya estaba otra vez. No fallaba. Todos los días era lo mismo, estaba harto de repetirlo.

¿Quieres traer el agua? Estoy cansado de decirte lo mismo una y otra y otra vez. Ya tendrías que haberlo aprendido.

Tienes razón— le dijo ella. Por supuesto que tenía razón. Él siempre la tenía. La observó mientras salía de la habitación a media carrera. Qué inútil era. Él, siguió comiendo. ¿Qué se lo impedía? Nada. Cuando volvió con el agua, ni se molestó en mirarla. Se sentaron en silencio a comer.

Te recuerdo que tu hijo sale a las cinco y cuarto— le dijo el hombre a su mujer. Obviamente, ella lo sabía, pero quería asegurarse. No se fiaba de ella. Ella, en silencio, asintió con la cabeza. Una vez terminó de comer, él se sentó en el sofá. Le quedaba una hora y media para entrar a trabajar. A ella, con solo treinta minutos restantes hasta la salida de su hijo, fue a arreglarse.

¿Dónde vas? —Le preguntó su marido.

Pues voy a cambiarme, tengo que recoger a Miguel— contestó ella, volviendo a la puerta del pasillo.

Pero no has recogido la mesa— le dijo él, tumbado en el sofá cuan largo era.

La recojo cuando vuelva, te lo prometo— añadió ella, con miedo, en un susurro.

– Más te vale— le dijo él. Vamos, no tenía nada mejor que hacer que ponerse a recoger en su tiempo de descanso.

Mientras tanto, ella en su habitación se planteaba seriamente la salubridad de su relación. Sí, era brusco y maleducado, pero en el fondo la quería, ¿verdad? A ella y a su hijo. Sería una mala racha… Que duraba ya mucho tiempo.

Cruzó el salón sigilosamente. Él estaba dormido y ella no quería despertarle. No era tanto el no querer molestar, no era por respeto siquiera. Era por miedo. Miedo a su ira, a que tomara represalias, a que se enfadase. A que la dejase, a que se fuera, a quedarse sola.

Sin embargo, y a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo evitar que el bolso resbalara entre sus dedos, cayendo y derramando el contenido, haciendo más ruido del normal. Ella se quedó paralizada. Entonces, miró a su marido. Sí, se había despertado. Y estaba enfadado. Se enfadaba con todos los errores que ella cometía y, lamentablemente, cometía muchos.

Lo siento—, susurró, alejándose poco a poco de él, de manera casi imperceptible.

Ya sé que lo sientes. Debes. ¡Me has fastidiado la siesta! — gritó.

No era la primera vez que la gritaba, pero nunca lo había visto tan enfadado. Entonces, se levantó, y se abalanzó sobre ella. La mujer, sin saber qué hacer, salió deprisa, cerrando tras de sí la puerta. Bajó corriendo hasta el garaje y se metió en el coche. No pudo contener los sollozos Necesitaba salir de allí. Arrancó el coche y se dirigió hacia el colegio de su hijo.

La mezcla entre alejarse del peligro y concentrar su atención en la carretera hizo que poco a poco se fuese calmando. Con la mente fría, pudo analizar mejor lo sucedido. Se dio cuenta de que era terrible la situación por la que estaba pasando, pero confió en que terminaría, en que se tratase tan solo de una mala racha. No era lo más verosímil, pero sí lo que ella quería creer.

Llegó al colegio y, en la puerta, se encontró con una muy buena amiga suya. Estuvieron charlando un rato, hasta que les abrieron las puertas. Entonces, nuestra protagonista preguntó a su acompañante:

Oye, Elena. ¿Cómo estais en tu casa? Quiero decir, ¿qué tal con tu marido? Ella quería saber si lo suyo era normal o algo aislado, una excepción.

Pues estamos muy bien. Me acaban de ofrecer un puesto nuevo; él está a gusto y estamos enamorados como el primer día. — Contestó Elena, sin darse cuenta de la trascendencia que tenían sus palabras, de lo importantes que eran para su amiga. Sí, quizá exageró un poco, pero… ¿Qué más daba? Era solo una pequeña mentira. Su amiga, en cambio, comenzó a darse cuenta de que tenía que acabar con esa situación.

Las interlocutoras fueron interrumpidas por sus hijos, quienes pedían permanecer jugando en el recinto. Las madres les dieron permiso. Entonces, nuestra protagonista bajó la voz.

Oye, ¿te puedo contar algo? -preguntó. Elena asintió.- Verás… Mi marido lleva una temporada bastante irascible, rozando, a veces, los ataques de ira. Hoy mismo, sin querer, le he despertado y se ha enfadado mucho. Por un momento creí que me iba a pegar— dijo. Elena escuchó con atención las palabras de su preciada amiga, notando su voz quebrada, debido a la pena, pero sobre todo al miedo.

Se acercó a ella, mirándola a los ojos, poniéndose frente a frente.

¿Es la primera vez que te pasa? — le preguntó. Ella negó con la cabeza, pues no lo era. A esa última la habían precedido varias. Nunca les había dado importancia, pero entonces, volviendo la mirada atrás, se dio cuenta de que eran muchas, demasiadas como para ser tan solo una racha. Se dio cuenta también de que era lo que ella dijo que nunca permitiría. Se dio cuenta, por primera vez, de que la estaba maltratando. La hacía sentir de menos, la hacía verse indefensa e inútil, y la hacía creer que le necesitaba para ser feliz. Y entonces, vio la luz, y se dio cuenta de que no podía, no debía permitirlo. El apoyo de una amiga, eso es lo que necesitaba.

Gracias— le dijo, dejándola un poco desconcertada, pues Elena no sabía lo que acababa de ocurrir en la cabeza de su amiga. Aún así, sonrió. Esperaba que estuviera mejor.

Llamó a Miguel, se volvían a casa. En ese momento, no estaría su marido. Aprovecharía para recoger sus cosas. Y las de su hijo. Se iban a ir los dos. Llegaron, y estuvo recogiendo. Más tarde, ya entrada la noche, llegó el que iba a dejar de ser su pareja. Éste se encontró la mesa aún sin recoger.

Fue corriendo hasta su habitación, y encontró a su mujer trajinando con los vestidos.

¿Qué haces? ¿Por qué no has recogido la mesa? — le gritó. Ella, que se sentía animada y decidida, se sintió desfallecer. Toda aquella determinación, todo aquel coraje desaparecieron. No pudo hacer nada más que balbucear palabras sin sentido. El hombre, descontrolado, la empujó. Entonces, en ese instante, la mujer sacó todo su pundonor, y, haciendo acopio de valor, le dijo:

Me marcho. No quiero tener nada más que ver contigo. No me puedes tratar así, no tienes ningún derecho. No te necesito. Ni te necesito, ni te quiero. Para mí, esto se ha acabado. Para siempre.

¿Cómo? Perdona, pero tú no me puedes dejar. ¿Con qué derecho?

Con el derecho que me doy yo a mí misma. No necesito justificar el porqué de mi partida. Me voy y punto.

¿Y a dónde vas a ir?

Me las apañaré. Vamos, Miguel. Tenemos prisa—. Entonces, el hombre cambió de actitud. De repente, pareció caérsele el mundo encima. Aún así, aunque sintió pena por él, la mujer no titubeó y cerró, por fin, la puerta a esa vida.

Vio por fin la luz. Se fue a pasar unos días en casa de su amiga, Elena, quien la acogió de muy buen grado, orgullosa de su amiga, que había sido lo suficientemente valiente como para plantar cara, para poner los puntos sobre las íes.

Pasados unos días, rehizo su vida. Encontró una casa de alquiler, cerca de Elena. Por ese momento, era mucho más fuerte, pero aún necesitaba apoyo. Cambió su número de teléfono y pidió el divorcio. Elena no tuvo ningún problema en ayudar a su amiga, sintiéndose implicada con todo, por circunstancias que no conocía, pero que tampoco quería llegar a conocer nunca.

Elisa Trampal

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